por Antonio Morales
“La carretera” me hizo descubrir a Cormac McCarthy. Me llevó a un escritor de una hondura literaria excepcional, capaz de mirar el desamparo, la violencia y la condición humana con una crudeza deslumbrante. Para mí es uno de los más grandes.
Este verano me interesó bucear en la búsqueda de ese tipo de escritores y de literatura que te conmueve y te noquea: Faulkner, Steinbeck, Hemingway, McCarthy… Maestros capaces de convertir el territorio, la violencia, la libertad, la soledad o el final de una época en materia literaria.
Y en esa búsqueda me tropecé con Larry McMurtry. No conocía nada de este novelista, guionista y gran cronista del Oeste americano, y ha terminado enganchándome. McMurtry convirtió la frontera en un territorio humano, lleno de amistad, violencia, lealtades, pérdidas y melancolía. Su tetralogía, desde “Lonesome Dove” —premio Pulitzer— hasta “Calles de Laredo”, recorre el nacimiento, esplendor y ocaso de un mundo condenado a desaparecer, pero también profundamente humano. Más de tres mil páginas escritas con una prosa directa, melancólica y evocadora.
Hay novelas que uno lee y recuerda por su argumento y otras que permanecen porque dejan una sensación difícil de explicar. Lonesome Dove (Paloma solitaria) -editada por Valdemar/ Frontera- pertenece a estas últimas. Es una historia sobre el Oeste americano, sobre dos hombres -antiguos rangers- que emprenden un viaje hacia un territorio que apenas conocen, desde la frontera de México hasta Montana, pero también sobre el final de una época, la amistad, la pérdida y, sobre todo, la necesidad humana de seguir caminando cuando el mundo que conocíamos empieza a desaparecer.
Quizá por eso, cuarenta y un años después de haber sido escrita, su filosofía puede servirnos para mirar nuestro propio tiempo. Vivimos una época de tránsito y probablemente una de las mayores dificultades de nuestro presente sea que todavía intentamos interpretar el mundo nuevo con las categorías del que está desapareciendo. Durante décadas dimos por sentadas certezas como la estabilidad europea, la fortaleza del vínculo entre Europa y Estados Unidos, la progresiva integración económica, la confianza en las instituciones multilaterales y la idea de que el comercio acercaría a los pueblos y que la democracia representativa continuaría afianzándose.
No ha sido así. Muchas de estas certezas se han quebrado. La guerra ha regresado a Europa, las grandes potencias compiten peligrosamente por espacios de influencia, las fronteras recuperan una importancia que creíamos superada, la energía vuelve a ser una cuestión de control o soberanía, la tecnología transforma nuestras economías y nuestra manera de relacionarnos a una velocidad que apenas somos capaces de asimilar, las migraciones se convierten en uno de los grandes asuntos políticos de nuestro tiempo y la confianza en las instituciones y en los partidos se debilita y hasta la propia democracia está sometida a tensiones que hace pocos años parecían inimaginables.
No estamos simplemente ante una crisis más. Estamos ante un cambio de época. Y aquí vuelvo a Lonesome Dove. Gus McCrae y Woodrow Call, sus protagonistas, son dos personajes radicalmente distintos. Comparten una historia, pero no la misma manera de mirar la vida. Call representa la disciplina, el deber, la perseverancia, incluso cierta incapacidad para expresar los sentimientos. Gus es más libre, irónico y hedonista, más dispuesto a aceptar las contradicciones de la existencia. Uno mira hacia adelante porque tiene una misión, el otro porque quiere vivir una aventura.
Y, sin embargo, cabalgan juntos. No necesitan pensar igual para compartir camino. Quizá esta sea una de las grandes lecciones que podríamos recuperar. Hemos convertido demasiadas veces la discrepancia en enemistad y la diferencia en una razón para romper cualquier posibilidad de entendimiento. La política, que debería ser el arte de convivir con las diferencias para construir respuestas colectivas, corre el riesgo de convertirse en una permanente competición por demostrar quién debe ser derrotado. La crispación, el insulto, la judicialización y la confrontación personal deben dar paso al diálogo y a la búsqueda de consenso para las grandes determinaciones. La defensa de la democracia y la justicia social -la lucha contra la desigualdad y la pobreza- son hoy probablemente las más importantes y las dos están viviendo una profunda crisis.
Tal vez Europa necesite hoy algo de ese espíritu. La Europa que hoy conocemos se construyó después de una guerra devastadora a partir de una idea sencilla y revolucionaria: antiguos enemigos podían decidir que era preferible construir juntos que destruirse mutuamente. No se trataba de eliminar las diferencias entre franceses, alemanes, italianos, españoles o neerlandeses, sino de hacer posible que convivieran dentro de un proyecto común.
Antonio Morales, presidente del Cabildo de Gran Canaria