por Politican
La climatización de un museo de estas características no es una tarea baladí. No se trata simplemente de "enfriar el ambiente", sino de gestionar un edificio vivo, dinámico y profundamente influenciado por su entorno marino. Según explica Aarón de la Nuez, el proyecto ha sido diseñado para responder a las singularidades de un espacio que cambia casi a diario, integrando tecnologías de vanguardia que sitúan al museo a la vanguardia de las instalaciones públicas en Canarias.
Uno de los aspectos que más destaca el ingeniero Aarón de la Nuez es la naturaleza camaleónica del Museo Elder. A diferencia de una oficina o un centro comercial estático, este museo presenta espacios que se reconfiguran constantemente. "Principalmente en este museo lo que nos encontramos son espacios muy abiertos y muy cambiantes. Hoy hay una exposición y mañana hay varios tabiques de por medio que ya la distribución cambia por completo y por lo tanto ese cálculo que teníamos previsto se nos va", señala el ingeniero.
Uno de los grandes hándicaps de esta obra ha sido su ejecución en tiempo real, sin interrumpir la actividad educativa del centro. La organización ha sido clave, acotando espacios de trabajo para incomodar lo menos posible a los visitantes. Esta metodología de trabajo "pasito a pasito" ha dilatado los tiempos, pero ha permitido mantener el servicio.
Para de la Nuez, esta es una cuestión puramente organizativa: "Te vas adaptando a medida que te vayas encontrando los problemas. Tenías previsto hacer una parte de instalación y resulta que ese día no puedes porque hay un evento determinado". El resultado es una obra de tres a cuatro meses de duración en la que han intervenido entre 10 y 15 profesionales, desde fontaneros y electricistas hasta personal técnico especializado.
Antes de esta intervención, el museo operaba con un sistema que obligaba a encender plantas completas para climatizar una sola sala. El nuevo diseño ha erradicado este desperdicio energético. Ahora, cada equipo dispone de su propio termostato conectado vía red a un sistema de control centralizado. "Cada equipo podrá controlar temperatura y velocidad, con lo cual podrá adaptarse muchísimo más tanto a las personas como al propio carácter expositivo", afirma De la Nuez.
Esta flexibilidad es vital cuando, de un día para otro, se instalan tabiquerías que alteran el flujo del aire. Con este nivel de detalle, el museo puede encender los equipos justos y necesarios, evitando el consumo superfluo en áreas cerradas o vacías.
El núcleo de la nueva instalación es una planta enfriadora situada en la cubierta, que funciona mediante un sistema de bombeo de agua hacia diversos fancoils distribuidos por el interior del edificio. El cambio no es solo estructural, sino químico y ecológico. La antigua instalación utilizaba gas R410, un refrigerante con un alto potencial de calentamiento. En su lugar, se ha implementado el R454B, un refrigerante mucho más respetuoso con el medio ambiente y alineado con las normativas internacionales más exigentes.
Lo que hace que este proyecto sea verdaderamente innovador es cómo la climatización se beneficia de otras mejoras del museo, como la nueva envolvente de vidrio y las placas solares. Aarón de la Nuez destaca que esta "piel" exterior ha sido una sorpresa grata: "Las placas que hay en la envolvente han hecho que la temperatura del edificio baje unos 10 grados. La carga térmica ha bajado muchísimo porque ya no tienes esa incidencia del sol dándote en el cristal y calentando el espacio".
Esta reducción térmica permite que la maquinaria trabaje con menos esfuerzo. Además, el consumo eléctrico de los compresores y bombas de la enfriadora está respaldado por la energía generada por las placas fotovoltaicas. "Todo es un ciclo: la fotovoltaica genera electricidad y nuestros equipos, que consumen electricidad, pueden aprovechar eso", explica el ingeniero. Al ser un edificio de uso mayoritariamente diurno, la coincidencia entre la máxima incidencia solar y la mayor demanda de frío es casi perfecta.
Establecer una temperatura de confort es uno de los retos más subjetivos de la ingeniería. En el Museo Elder, se ha fijado una media de 23 grados, una cifra que De la Nuez considera asequible y equilibrada. No obstante, técnicamente, el sistema es capaz de impulsar aire a unos 13 o 14 grados para alcanzar esos niveles ambientales de forma rápida, incluso en los días más calurosos del verano grancanario. Aunque el control de la humedad no es una prioridad crítica para el tipo de exposiciones actuales del Elder, el sistema, por su propia naturaleza de enfriamiento, condensa agua y ayuda a deshumectar el ambiente de forma natural.
El cerebro de la instalación es un sistema de control desde un ordenador central, donde el personal de mantenimiento tiene una "sala de operaciones" virtual donde puede visualizar cada planta del edificio. "Clicas en un equipo y ya puedes modificar temperaturas, velocidades o incluso encender y parar el equipo", comenta De la Nuez. Además, el sistema reporta alarmas en tiempo real ante fallos de compresores o bombas, permitiendo una respuesta inmediata.
Vivir rodeados de mar tiene un precio alto para la maquinaria industrial. La proximidad del museo al puerto de Las Palmas somete a los equipos a un ataque constante del salitre. El ingeniero de Frío 7 es muy claro sobre la importancia de la prevención: "El mantenimiento es fundamental para la durabilidad. El salitre lo corroe todo. La enfriadora hay que lavarla con agua dulce periódicamente porque la sal pica los tubos, produce fugas y arruina el equipo".
De hecho, Aarón de la Nuez comparte datos reveladores sobre la agresividad del entorno costero: "Hay sitios donde golpea muy fuerte el mar y, si no tienes un mantenimiento casi diario, en menos de un año las máquinas se estropean". Afortunadamente, el Museo Elder cuenta con personal técnico que garantiza que estos protocolos de limpieza de filtros y baterías se cumplan rigurosamente para asegurar que la inversión perdure en el tiempo.
Para evitar que el aire frío se escape al exterior —lo que dispararía el consumo—, el museo utiliza puertas automáticas que solo se abren al paso de las personas. Sin embargo, hay un punto crítico: la salida hacia el avión, que permanece abierta con frecuencia. Para solucionar este "agujero" térmico, se ha instalado una cortina de aire. "Es un ventilador que impulsa aire de forma vertical para evitar que el calor del exterior entre. Es fundamental para reducir la carga térmica del edificio mientras esa puerta está abierta", explica De la Nuez.
Al mirar hacia el futuro, Aarón de la Nuez cree que la tendencia en edificios públicos seguirá el camino trazado por el Museo Elder: plantas enfriadoras de agua eficientes, control inteligente y uso de energías renovables. Aunque menciona tecnologías como la aerotermia o la recuperación de calor residual (muy útil en hoteles para calentar agua sanitaria de forma gratuita), para un museo el enfoque principal debe ser el ahorro en el consumo de frío.
El éxito de este proyecto radica en que el museo ya no solo es un lugar para aprender sobre ciencia, sino que es, en sí mismo, un experimento científico exitoso de eficiencia energética. "Una vez que el sistema esté al 100%, el cambio se notará según entres por la puerta", concluye De la Nuez. Con esta renovación, el Museo Elder demuestra que la tecnología climática moderna no solo busca la comodidad del usuario, sino también la supervivencia del planeta a través del ahorro inteligente y el respeto al medio ambiente.
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